Estamos casi seguros de que todos hemos visto alguna versión de ese anuncio tan típico, ya sabes, ese gracioso… ¡Sí, hombre! Aquel en el que un tipo hace algo realmente divertido y luego una mujer… ¡Oh! … ¡Entonces la mujer dice algo aún más gracioso! O puede que los roles estén cambiados, o que sean dos hombres, o dos mujeres, o un perro y un mono que hablan… Never mind! Es un tipo de anuncio gracioso, ¿verdad? Y, acto seguido, unos veinte segundos después de que termine el anuncio, piensas “¡Vaya, sí que fue gracioso ese anuncio! Pero… ¿qué me quería explicar? ¿Me lo quería explicar a mí”(Bueno, un poco más o menos como esta introducción ¿verdad?)
Todos sabemos que los anuncios de televisión no son baratos, y uno tiene que preguntarse sobre si alguien lleva, en ocasiones, el control de los gastos. O, hablando en plata, quien no ha pensado aquello de “Madre mía, y les habrán cobrado por esto”.
Podría ser peor, por supuesto. Una empresa podría gastar mucho dinero creando un anuncio que, de gracioso que quiere ser, acaba dejando una mala imagen de su producto para el espectador o, como mínimo, un mensaje negativo. Un ejemplo claro lo encontramos en la alimentación, donde en ocasiones hemos visto anuncios en el que nos explicaban lo mal que se hacían las cosas antes ¡y lo bien que se hacen ahora! Pos fale, eso está muy bien pero ¿por qué se hacían mal en el pasado? ¿Y por qué nos engañaban antes como consumidores? ¿Es que tenían derechos a tratarnos como borregos? Con perdón de los ídem. “Pruebe nuestros nuevos palitos de merluza ¡Ahora sí que saben a merluza!” ¿En serio?
La importancia del mensaje en el marketing directo
Aterricemos todo esto a nuestras tácticas de marketing directo. Está claro que debemos intentar sorprender, llamar la atención ¡Incluso ser transgresores! Pero cuidado de cómo lo hacemos… o sí lo sabemos hacer. Es cierto que el tiempo ha corrido para todos y que los canales y códigos de la publicidad y del marketing han cambiado mucho. Pero esto no quiere decir que, si pretendemos ser rompedores ¡vayamos a obtener un beneficio comercial o de marca!
Remontémonos a 1969 (sí, ya estamos con las batallitas) En ese año, la compañía discográfica Chess Records lanzó el álbum del bluesman Howlin’ Wolf “The Howlin’ Wolf Album”. Un álbum cuya portada eran unas letras en negro sobre fondo blanco que anunciaban: “Este es el nuevo álbum de Howlin Wolf. A él no le gusta. A él no le gustaba su guitarra eléctrica al principio” ¡Moderno! ¡Transgresor! ¡Original! ¿Verdad? Pues sí ¡ciertamente! Pero… ¿comercialmente efectivo?
Con el paso del tiempo, este álbum se ha convertido en algo así como un clásico después de, casi, los 50 años que han pasado desde su lanzamiento. Aunque quizá, Howlin ‘Wolf tuviese algo que decir respecto a esto de clásico porque… bueno … podría haber una buena razón por la cual a Howlin ‘Wolf no le gustase en su día ¿no? Vale, ese no es el debate. De cualquier forma, Chess Records tenía un objetivo comercial muy claro: vender discos y, estadística y comercialmente hablando, este tipo de marketing rompedor no ayudó. Según Marshall Chess, socio de Chess Records, “… decidí usar la negatividad en el título, y fue una gran lección: no se puede decir en la portada que el álbum no le gustó al propio artista. Realmente no se vendió nada bien. Pero fue solo un intento. Eran solo experimentos”.
En esto si lo clavó. Él se refería a su acción de marketing como “experimentos” y nosotros los profesionales del marketing directo diríamos “pruebas / tests”. Y ¡Ojo! Experimentar mola ¡Todos lo hacemos continuamente! Sobretodo los entrenadores de los grandes clubes de fútbol europeo; solo que unos lo hacen con cierto criterio y otros… otros simplemente se estrellan, se ponen a la afición en contra, son reafirmados en su posición por el presidente del club y una semana después son destituidos. C’est la vie…
Sirva toda esta parábola de marketing musical para encontrar la siguiente moraleja: El único mensaje que realmente importa es tu producto, tu empresa, o tu servicio… Y cómo él, o ella, beneficiará a la persona que a la que llega tu acción de marketing directo. Así de simple, pero así de lógico. La creatividad y el ingenio son necesarios, pero siempre han de responder a un fin, y han de estar al servicio de lo que vendes, no por encima de ello.
Volviendo al inicio del artículo, piensa que a tu consumidor actual no le importa si te sientes culpable porque tu producto solía ser malo. Bastante insultado se siente ya simplemente con este hecho. En realidad, lo que quiere saber es que tu producto, marca o servicio le hará la vida más fácil, más interesante, más cómoda, más sexy … ¡Algo! Ese es el mensaje y eso, en definitiva, es lo que importa.
En Giromail llevamos años sirviéndonos de la creatividad para sorprender a los consumidores de nuestros clientes, respetando los objetivos comerciales y corporativos de cada marca y empresa. También hacemos tests ¡Claro! Pero siempre dentro de unos parámetros de riesgo controlados. Así que, si deseas que sorprendamos a tus clientes pero situando a tu producto, servicio o marca en el centro de la comunicación, ponte en contacto con nosotros y te ayudaremos a hacer girar tu mundo.






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